La seguridad del paciente pediátrico y neonatal se ha convertido en un eje prioritario dentro de los sistemas de salud, debido a la alta vulnerabilidad de esta población y a las diferencias significativas con los adultos en aspectos como fisiología, maduración, farmacocinética y capacidad de comunicación.
En Ecuador, los datos del INEC reflejan que en 2023 la tasa de mortalidad infantil (menores de 1 año) fue de 9,7 por cada 1.000 nacidos vivos; la mortalidad neonatal alcanzó 5,8 por cada 1.000 nacidos vivos, y en menores de 5 años llegó a 12,3 por cada 1.000 nacidos vivos. Cifras que muestran la necesidad de fortalecer la atención médica en los primeros años de vida.
De acuerdo con Grecia Vivas, coordinadora de la carrera de Medicina de la UISEK, es fundamental que los hospitales cuenten con protocolos específicos para pediatría y neonatología. “Una simple adaptación de protocolos generales puede resultar insuficiente o peligrosa”, señala, destacando la importancia de ajustes de medicación por peso, equipos adaptados al tamaño del paciente y vigilancia estricta frente a riesgos como infecciones o errores en la dosificación.
La especialista resalta que la capacitación continua del personal reduce los errores médicos, pues actualiza conocimientos sobre fármacos, procedimientos, herramientas diagnósticas y protocolos de seguridad. Además, insiste en que los padres deben involucrarse activamente en el cuidado de sus hijos: verificar dosis, confirmar identidad antes de procedimientos, mantener una comunicación abierta con los médicos y observar las medidas de seguridad e higiene del entorno hospitalario.
Vivas también recomienda a los futuros profesionales adoptar una cultura de seguridad centrada en el niño, basada en la prevención de errores, la comunicación clara con las familias y el trabajo en equipo interdisciplinario. Finalmente, subraya la importancia de la investigación y de políticas públicas que promuevan prácticas más seguras y efectivas para esta población vulnerable.
Informa Ecuador








