Quito, junio 2025. – El acné, comúnmente percibido como un problema adolescente pasajero, es en realidad una de las enfermedades dermatológicas más frecuentes y persistentes del mundo. Afecta al 85% de los jóvenes entre los 12 y 24 años, y continúa manifestándose en un 15% de adultos mayores de 30 años, según la American Academy of Dermatology (AAD).
Pero su impacto va más allá de lo físico. Estudios han demostrado que el acné puede causar baja autoestima, ansiedad social e incluso depresión. Uno de cada cinco pacientes con acné severo presenta síntomas depresivos, afectando especialmente a los adolescentes en una etapa clave de formación emocional y social.
En la era digital, donde la imagen tiene un rol central, esta condición también genera presión estética, autoexigencia y estrés emocional, muchas veces desembocando en automedicación o abandono del tratamiento profesional.
Hoy, especialistas llaman a replantear el enfoque: el acné no es solo una cuestión estética ni una etapa, sino una condición médica crónica y multifactorial. Factores hormonales, genéticos, ambientales y emocionales influyen en su desarrollo. Esto exige un abordaje integral desde la dermatología, la endocrinología y la salud mental.
El Dr. Rolando Espinoza, vocero de Megalabs, señala:
“Estamos frente a una condición que debe entenderse con la misma seriedad que cualquier otra patología crónica. El acné puede deteriorar significativamente la calidad de vida, y por eso impulsamos soluciones terapéuticas que respetan el equilibrio natural de la piel y reducen efectos adversos.”
En un mundo que avanza hacia un enfoque más holístico de la salud, reconocer al acné como un problema de salud pública es un paso urgente hacia una atención más humana, empática y efectiva.
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