Estamos acostumbrados a pensar casi de manera automatizada en la definición de democracia como la relación intrínseca con el “rito” de asistir a sufragar cada cuatro años. Sin embargo, existe una marcada diferencia entre el sentimiento de esperanza que corresponde entregar un mandato y el espejismo democrático que significa el poder que se convierte en fraude y sin rendición de cuentas. La primera impulsa transformaciones; el segundo tiene la naturaleza del disfraz, mientras la realidad avanza en dirección contraria.
Durante décadas, América Latina aprendió a identificar las dictaduras por sus uniformes, sus tanques y sus estados de sitio. Sin embargo, las nuevas formas de autoritarismo son más sofisticadas. Ya no llegan mediante golpes de Estado tradicionales. Llegan mediante campañas de marketing. Se presentan como renovación, como eficiencia, como juventud. Sonríen para las cámaras, hablan el lenguaje de la democracia y, mientras tanto, vacían lentamente las instituciones que la sostienen.
Ecuador parece estar transitando precisamente ese camino.
La concentración del poder: el Estado soy yo
Toda democracia necesita contrapesos. Cuando el poder político comienza a considerar que las instituciones son obstáculos y no garantías, empieza el deterioro democrático, el poder deja de ser una herramienta al servicio de la ciudadanía y comienza a convertirse en un fin en sí mismo.
Daniel Noboa llegó al poder con el fraude electoral más notable de la historia reciente del país, con complicidad de la ex presidenta del Consejo Nacional Electoral Diana Atamaint, envuelto en una narrativa cuidadosamente construida: discurso de juventud, modernidad, eficiencia y renovación, una figura que se presentaba como la antítesis de la vieja política. Pero la historia demuestra que las etiquetas no siempre coinciden con la realidad. ¿Qué podíamos esperar de un verdadero hijo de la partidocracia, que violentaba a su ex esposa e intentaba disminuir la pensión alimentaria de su hija? La verdad gritaba desde una esquina y no todos escuchaban su voz.
Lo preocupante del actual momento político ecuatoriano no es únicamente la acumulación de poder en el Ejecutivo, sino la normalización social de esa acumulación. Bajo la justificación permanente de la seguridad, la emergencia o la lucha contra enemigos reales o imaginarios, se ha consolidado una lógica según la cual cualquier cuestionamiento al gobierno es interpretado como una amenaza.
La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde los gobiernos comienzan pidiendo poderes extraordinarios para resolver crisis extraordinarias y terminan debilitando progresivamente las instituciones democráticas que dicen proteger.
El problema no es la autoridad; el problema es la ausencia de límites.
Este tipo de dictaduras, no siempre llegan vestidas de autoritarismo explícito. A veces se presenta como renovación y eficiencia a veces promete orden, a veces cuenta con altos niveles de popularidad, pero como no se puede mentir a todos, todo el tiempo, se puede sostener por la falta de relación causa y efecto de los ciudadanos o de su desinterés generalizado por las decisiones desde el poder, y las democracias sanas se miden por la capacidad de los ciudadanos para cuestionar al poder sin temor.
La política de la confrontación permanente y la construcción del enemigo del régimen.
Todo gobierno necesita adversarios. Pero una democracia requiere opositores, no enemigos.
La “administración” Noboa ha convertido la persecución en uno de sus principales instrumentos políticos. Las diferencias ideológicas ya no son presentadas como parte normal del debate democrático, sino como obstáculos que deben ser neutralizados en pos de los intereses del dictócrata. Así mismo, si las instituciones dejan de limitar al poder y comienzan a adaptarse a él, la democracia deja de ser un sistema de reglas y se convierte en un sistema de voluntades.
Cuando un país pierde la capacidad de debatir y sustituye la deliberación por la estigmatización, comienza a deteriorarse la calidad de su democracia.
Aquí los dictadores modernos, suelen medir la capacidad de reacción de los ciudadanos y ante la distracción, empiezan a mostrar su verdadero rostro, desde ejecutar fraudes democráticos, hasta la insultante proscripción electoral de sus legítimos contradictores.
Quizás el tanque de oxígeno político del actual gobierno no sea su gestión, sino su capacidad comunicacional, pero sin gestión ¿qué se comunica?
Todo régimen necesita resultados o relato.
Cuando los resultados no aparecen, el relato se vuelve indispensable, la seguridad se convirtió en el principal argumento para ampliar el poder del Ejecutivo, pero los resultados siguen siendo objeto de controversia. Cada cuestionamiento constitucional es presentado como una muestra de firmeza, cada crítica es presentada como un ataque político, cada oposición es presentada como una amenaza.
Sin embargo, la realidad termina imponiéndose sobre la narrativa.
Los problemas estructurales del país continúan presentes: empleo precario, crecimiento insuficiente, dificultades energéticas, incertidumbre para la inversión productiva y una crisis de seguridad cuya complejidad excede cualquier estrategia basada exclusivamente en la militarización.
La gestión pública no puede evaluarse por tendencias en redes sociales ni por campañas de posicionamiento político. Debe evaluarse por resultados tangibles en la vida de las personas.
Y allí es donde la distancia entre la expectativa y la realidad comienza a hacerse evidente. Por eso hoy, solo 3 de cada 10 personas le creen a Noboa.
La institucionalidad como víctima silenciosa
Las democracias no suelen morir de un solo golpe, se desgastan lentamente, mueren cuando las instituciones dejan de importar, cuando la “viveza” criolla reemplaza a la legalidad, cuando la excepcionalidad se convierte en norma, mueren cuando el poder considera que su legitimidad electoral le otorga licencia para actuar sin controles.
El riesgo para Ecuador no radica únicamente en el autócrata en específico, sino en la construcción de una cultura política que normaliza la concentración del poder mientras desprecia la institucionalidad republicana. (Noboa es tan fuerte como se lo permitamos).
El Ecuador atraviesa un momento decisivo y el debate gira entorno a decidir qué tipo de República queremos construir cuando decidimos callar ante alguna injusticia o normalizamos la mentira como política pública, porque cuando la política se convierte en espectáculo, la institucionalidad en obstáculo y la crítica en sospecha, la democracia deja de ser una garantía y comienza a convertirse en una ilusión.
La esencia del autoritarismo no es violar una norma. Es creer que existe el derecho de hacerlo.
Y eso siempre termina mal.
Conclusión
No, Ecuador no vive una dictadura clásica, no existen juntas militares ni suspensión formal de elecciones, las nuevas dictaduras son más inteligentes, conservan las urnas, pero erosionan los contrapesos, mantienen las formas, pero vacían el contenido, hablan permanentemente de democracia mientras reducen el espacio para el disenso, esto ha resultado en que Noboa crea que goza de un cheque en blanco y sus acciones queden en total impunidad.
La gran tragedia de nuestro tiempo es que muchos ciudadanos creen que el autoritarismo solo existe si una dictadura se declara tal.
Las democracias rara vez mueren de un disparo, generalmente mueren de aplausos de cobardes que son funcionales al totalitario y hacen del mandato popular, un verdadero espejismo.
Por eso, la frase que se le atribuye a Wilcox E. sigue vigente en nuestros días:
<<El pecado del silencio cuando debían haber protestado, hace cobarde a los hombres>>
Abg. Jean Iñiguez Mgtr.
El contenido y los criterios expuestos en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no comprometen la línea editorial ni la postura institucional del medio.








